SIQUEIROS III
Quisiera en esta última entrega sobre las andanzas de David Alfaro Siqueiros en España que nos fijásemos en un dato. Siqueros falleció en 1974, poco antes de finalizar el Régimen de Franco. Si hubiese fallecido tan sólo 10 años más tarde, en 1984, probablemente hubiese tenido derecho a percibir una pensión del Estado español por los servicios prestados en el Ejército Popular de la República. Esto hubiese sido otra traición a los españoles, pues Siqueiros nunca sirvió a la República Española. Utilizó los empleos militares que se le otorgaron para asegurar la primacía política del PCE frente a sus aliados políticos del Frente Popular y perseguir hasta el exterminio, como hemos visto, a españoles y extranjeros que no compartían la ortodoxia comunista que marcaba Stalin. Hubiese sido más justo que Siqueiros recibiese una pensión de las exiguas arcas de la Unión Soviética, para quien realmente trabajó.
Pero lo más indignante de la situación es la prepotencia, la pedantería y la falta de escrúpulos con la que se manejó Siqueiros en España. En la carnicería humana que fue la Guerra Civil Española, le asignaron el mando de unidades militares sin tener preparación alguna en guerra moderna. Sus únicos méritos fueron llevar el carnet del partido político de turno en la boca y tener el pasaporte mejicano. Con este bagaje, llevó a los soldados que de él dependían a los campos de batalla con un resultado desastroso. No ganó ninguna batalla y fue cesado fulminantemente sin publicidad alguna. Se ausentó constantemente de su puesto de mando por razones personales. Mientras tanto, fieles españoles republicanos, militares, guardias de carrera y milicianos voluntarios, vieron imposible progresar en el escalafón y las decisiones que tuvieron que tomar en ausencia de su jefe se vieron con desconfianza por unos responsables políticos ignorantes, estúpidos y fanatizados. Ellos fueron los últimos responsables.
Lo peligroso es que la ligereza, la desfachatez, la falta de vergüenza, la vileza y la corrupción con que se manejaron estos personajes es del mismo tipo que la que demuestra a diario la actual clase política española, da lo mismo del partido político que se trate. El retrato del político actual español es el de un personaje inculto y tonto, que encuentra de pronto, dentro de la burocracia del partido, la oportunidad de ascender y disfrutar del poder y de la Hacienda Pública en beneficio propio. Es disciplinado más por negligencia que por convicciones; un instinto de supervivencia abole en él la capacidad de pensar si hay en ello algún riesgo, y sabe obedecer y servir a su jefe con docilidad perruna cuando hace falta, poniéndose una venda moral que le permite ignorar las consecuencias de los actos que perpetra cada día. Los individuos de esta catadura piensan que, por haber sabido progresar en el partido a base de “puñaladas traperas” a sus compañeros y conspiraciones de salón, les hace merecedores de toda clase de prebendas y se manejan con un complejo de superioridad insultante para el ciudadano de a pie. No debemos permitírselo. Los españoles llevamos muchos muertos, mucho dolor y mucho sufrimiento a nuestras espaldas como para que estos mequetrefes inanes lo utilicen en su beneficio personal. La clase política está al servicio de la ciudadanía democrática, no al revés. Que no se vayan impunes. Luchemos de una vez por la Justicia, la Democracia y la Libertad. Exijámosles responsabilidades penales por su desastrosa gestión. Que no pase como con Siqueiros.
El Coronelazo vuelve a Extremadura
En diciembre de 1937, una vez terminadas sus misiones de inteligencia en el exterior, Siqueiros volvió por fin a retomar el mando de la 46 Brigada Mixta, que formaba parte de la reserva del Ejército de Extremadura. Enlazando con el primer artículo, fue aquí, en el frente de Extremadura, donde se empezó a gestar el intento de asesinato de León Trotski. El propio Siqueiros lo confiesa en sus memorias:
Dije ya en otras ocasiones que para ir a Pozoblanco, ciudad extremeña donde se encontraba el puesto de mando del VIII Ejército, al cual pertenecían las unidades a mi mando, en forma permanente la 46 Brigada Mixta, era necesario pasar por Valsequillo, y al hacer uno de los relatos anteriores indiqué que en dicha población se encontraba la 91 Brigada Mixta al mando del compatriota Juan B. Gómez. Tal circunstancia me daba la oportunidad, a veces solo, a veces acompañado de otro o de otros jefes y oficiales mexicanos, de discutir problemas de México. En una de esas ocasiones, acompañado en este caso por Ruperto García Arana y encontrándose circunstancialmente en el lugar otro mexicano, el comandante Antonio Gómez, sobrino de Juan B. Gómez, apareció una vez más el problema de la aceptación de Trotski en México, por acuerdo del general Cárdenas y la permanencia de aquél en nuestro país. Todos hicimos referencias amplias a las circunstancias, casi siempre jocosas, en las que nos hablamos visto comprometidos por las interrogaciones capciosamente condenatorias que se nos hacían en todas partes, y a todos los mexicanos, por el hecho de que en México pudiera funcionar libremente lo que nosotros llamábamos el cuartel general contrarrevolucionario de León Trotski.
Pero en esta ocasión, un acontecimiento reciente iba a darle mayor dramaticidad a nuestro cambio de impresiones. El POUM -Partido Obrero de Unificación Marxista-, organización de base trotskista, había producido una sublevación en Barcelona con el tremendo saldo de más de cinco mil muertos. Tal circunstancia tenía nuestra indignación al rojo vivo. Lo que de manera informal habíamos tratado en otras ocasiones, iba a tomar cuerpo en forma más categórica. "Cueste lo que cueste -nos dijimos todos- el cuartel general de Trotski en México debe ser clausurado, aunque para ello tengamos que encontrar una fórmula violenta".
¿Pero cómo ampliar nuestro grupo, para mayor apoyo moral y eficacia posterior en nuestros propósitos? Los mexicanos en España, como los argentinos, como los brasileños, como los colombianos, los cubanos, etcétera, no fuimos incorporados, hablando en términos generales, a las Brigadas Internacionales, sino a las brigadas españolas, debido a que nuestro idioma era el castellano. Pero esta circunstancia hizo que los mexicanos nos encontráramos distribuidos en diferentes partes del país, sin contacto alguno entre nosotros mismos. Gabucio, el más grande artillero de la defensa de Madrid, según Kleber, además de estar perfectamente loco para todo lo que no fuera la Artillería, se encontraba totalmente desconectado de nosotros. Domenzaín, también. Pujol estaba en el frente de Madrid. Igual cosa acontecía con muchos otros. En consecuencia, el compromiso de resolver ese problema a nuestro regreso a México lo hicimos Juan B. Gómez. Ruperto García Arana, Antonio Gómez y yo, es decir, un coronel, un teniente coronel (yo) y dos comandantes o mayores. En su oportunidad discutiríamos los detalles, pero nuestro compromiso de honor había quedado tácitamente terminado. ¿Cuándo sería eso? Desde luego, no podría ser antes de que terminara la guerra, que nosotros esperábamos victoriosa para los republicanos, en España. Si el tiempo transcurría con exceso, había que buscar la manera de que uno de nosotros hiciera un rápido viaje a México para ver si aquello podía organizarse con residentes civiles con el país.
El escritor, periodista y militante del PCE José Herrera Petere, compartió una columna en el periódico “Frente Extremeño” con Miguel Hernández. Por él se sabe que organizador del V Regimiento Vittorio Vidali, alias Comandante Carlos, llegó a Castuera junto a Siqueiros en el verano de 1937. Allí se encontraron con otro mejicano al que ambos conocían. Este mestizo introvertido, de baja estatura, medio sordo y procedente de la Unión Soviética, donde había estado “estudiando”, fue otro de los integrantes del comando que atentó contra Trotski.
La 3ª compañía, de la 165 Brigada de la 49 División del XIV Cuerpo de Ejército Guerrillero, conocido en la zona como Batallón de Servicios Especiales, estaba formada por 112 extremeños corajudos, dirigidos por un capitán voluntario mejicano y un comisario político de Villanueva de la Serena. Se sabe que el capitán mejicano era el comandante Miguel Julio Justo, alias de guerra del dirigente comunista mejicano David Serrano Andonegui “el Chivo”. Desde los primeros meses de la guerra fue responsable de los servicios de operaciones especiales en el sector de Castuera junto al alcalde comunista del pueblo cacereño de Cadalso, Máximo Calvo. José Herrera Petere escribió una novela llamada “Cumbres de Extremadura”, publicada en 1938, en la que los protagonistas son los guerrilleros de esta unidad, escondidos tras un pseudónimo. Además, parece acreditado que el personaje de “El Sordo” de la novela de Ernest Hemingway “Por quién doblan las campanas” estaba basado, precisamente, en “El Chivo”, al que el escritor americano conoció a través de Siqueiros.
El paso de estos estrafalarios militares mejicanos en el otoño de 1937 por el frente de Extremadura no pasó desapercibido ni para sus enemigos. Manuel Justiniano Martínez, además de funcionario municipal, abogado, escritor e historiador, fue cronista oficial de la Diputación Provincial de Sevilla. Durante la guerra combatió como alférez de complemento en el VI Batallón del Regimiento de Infantería de Granada nº6. Con motivo del 25 aniversario del final de la guerra, la revista “Ejército” le publicó un artículo titulado “Dos defensivas de nuestra Cruzada de Liberación (Recuerdos e impresiones de un alférez de complemento)”. En uno de los pasajes, referido a las acciones del mes de septiembre de 1937 de la 22 División, escribe:
Mandaba a los rojos, en su sector de Peñarroya un general mejicano, cuyo apellido hemos olvidado, pero a quien los soldados, tan certeros siempre para bautizar, denominaban “Chingaíto”, como llamaban onomatopéyicamente el “sancabao” al rapidísimo proyectil del carro medio que empleaban. Allí se creía que un coronel francés actuaba de jefe de Estado Mayor. Lo cierto fue que al general mejicano debieron señalarle un plazo menor de un mes para apoderarse de Peñarroya, y sus esfuerzos fueron inteligentes y tenaces, hasta que, al parecer, resultó herido y abandonó el frente.
El ataque republicano
En diciembre de 1937 las fuerzas republicanas lanzaron una fuerte ofensiva sobre Granja de Torrehermosa. La 46 Brigada Mixta fue movilizada para esa acción. Siqueiros lo cuenta así el fracasado ataque en sus memorias:
“En el asalto de las fuerzas de mi brigada, la 46 Brigada Motorizada, por razones tácticas, nuestras fuerzas se vieron obligadas a retirarse precipitadamente y en un momento dado esta retirada se convirtió en una desbandada de pánico. Ayudado por el teniente López Silveira pretendimos detener a los soldados que, despavoridos, huían de un fuego graneado de Artillería acompañado de sistemáticas ráfagas provenientes de la Aviación enemiga. Insospechadamente vi venir corriendo a Manolo Gómez, mi asistente, al cual detuve, como intenté hacerlo con todos, amenazándolos con mi propia pistola. A Manolo, naturalmente, no le quedó más remedio que detenerse y, cuando esto aconteció, le dije indignado: “¿Hasta tú vas corriendo, Manolo?”. A lo cual me contestó: “Mi teniente coroné, si usté hubiera estao en er sentro esatto donde estaban losautobuse, hasta usté mismo hubiera corrío...”. Después como la línea cerrada de los autobuses (obuses) estaba avanzando implacablemente hasta nosotros le dije: “Ahora sí, Manolo, a correr...”.
El fuego escalonado de la Artillería, Artillería de grueso calibre, es algo que obliga a soldados, oficiales y jefes, a morder trozos de madero para impedir que le estallen los oídos. Yo lo describiría en su aspecto destructivo material de la manera siguiente: semeja a un martillo-pilón en forma de cuchilla de varios kilómetros que avanza cubriendo matemáticamente cada milímetro, diríamos del terreno. No hay fuerza humana, no hay Infantería que pueda resistirlo y que, de hacerlo, no sea matemáticamente aniquilada. Sólo un fuego contraofensivo similar de la propia Artillería puede contenerlo, acallándolo. Por eso el propio Reglamento Militar, en cualquier país del mundo autoriza a los jefes militares a ordenar la retirada en estos casos. E inclusive establece dicho reglamento penas severísimas para los jefes militares que en tales ocasiones no ordenan la retirada. Otra cosa es que esa retirada se realice en la forma desordenada en que la hicieron las fuerzas de mi Brigada, después del repliegue de Granja de Torrehermosa.
Quince Brigadas del VIII Ejército deberían realizar una operación ofensiva contra dicha población. Algunas de esas Brigadas tenían en la orden de operación general, la operación de asaltar el reducto frontalmente. Tal era el caso de mi propia brigada y de la 82ª Brigada de Extremadura, también bajo mi propio mando. Las otras Brigadas, en su mayor parte, ejecutarían un movimiento envolvente. La 46 y la 82 cumplieron con exactitud su parte correspondiente en la orden general de operación. A la hora señalada, las 6,15 de la mañana, protegidos por un fuego barredor de Artillería, avanzamos frontalmente y conseguimos penetrar en muchas de las posiciones, “parapetos”, que defendían la ciudad, llegando inclusive hasta ocupar algunos de los puntos importantes de sus aledaños.
Sin embargo, las demás unidades, la mayor parte en todo caso, no realizaron el movimiento envolvente en forma simultánea y algunas de ellas fueron rechazadas en la iniciación de la operación. Por ello, todo el fuego defensivo del enemigo y sus particulares movimientos envolventes al sector que nosotros habíamos dominado, me obligaron a ordenar un repliegue parcial, esto es, exclusivamente hasta el último punto de partida, aquél al que habíamos llegado antes de las 6,15 de la mañana. El movimiento envolvente del enemigo nos cerró la ruta de la carretera, dejándonos como salida uno de los lados de la misma, pero éste lo formaba un extensísimo pantano. Al atravesar el indicado pantano tuvimos que meternos en el fango más arriba de la cintura. Y estando en estas condiciones, recibí por teléfono la orden del Jefe del VIII Cuerpo de Ejército, coronel Pérez Salas, la orden terminante, sin duda alguna dictada en estado de gran nerviosismo y molesta por el fracaso de la operación debido al retraso o inoperancia de las otras unidades, de que nos quedáramos exactamente en el lugar en que estábamos. “Señor -le dije-, toda la Brigada 46 y parte de la 82 están enteramente dentro del fango. Sólo una pequeña parte de la 82 se encuentra en un lugar medianamente alto del lomerío. Hemos tenido, aproximadamente, un quince por ciento de bajas y el fuego de Artillería está localizando ya el lugar donde estamos prácticamente enterrados.” “¡Permaneced donde habéis llegado!”
Durante varios minutos recibimos un terrible fuego concentrado. Un fuego cuya línea progresiva era dramáticamente visible, porque los estallidos de las granadas en el agua se encargaban de mostrarla (saltaban chorros del líquido). Una especie de línea cerrada de géiseres avanzaba implacablemente hacia nosotros. No solamente lo mortífero del fuego de la Artillería nos dañaba, sino que el agua putrefacta nos ahogaba en el baño a distancia. Cuando vino la Aviación, con su propia Artillería a coadyuvar al fuego general de la Artillería de tierra, pues hasta ese momento los aviones enemigos se habían limitado a señalarle a su Artillería de tierra nuestro blanco, entonces fue imposible resistir el fuego. Y fue cuando no me quedó más recurso que ordenar el rápido repliegue general hacia la parte ligeramente montañosa que quedaba detrás de nosotros. Ya en ese refugio transitorio pude darme cuenta de que nuestras bajas alcanzaban muy cerca del cincuenta y uno por ciento, que, según el Reglamento Militar obligan inevitablemente al relevo de unidades.
Varios caballos magníficos, de raza andaluza, provenientes de la Guardia Civil, que habían quedado en el campo enemigo cayeron en las manos de los soldados de mi 46ª Brigada. Ignorábamos naturalmente los nombres que originalmente habían tenido esas hermosas bestias. Había, por lo tanto, que ponerles nuevos nombres. El mío, el que a mí me tocó como jefe de la Brigada, el más austero de todos, y precisamente por su aparente extraordinaria austeridad, le puse yo mismo de nombre “El Señor”. Otros oficiales escogieron para ellos los que mejores le parecieron.
El mando de Siqueiros en la 46 Brigada Mixta, de origen anarquista, se caracterizó por la imposición de la disciplina militar a través del ejemplo y de los castigos. Según él mismo, le dieron el mando por el hecho de ser mejicano. En su opinión, los anarquistas amaban a Méjico y a su revolución y odiaban a la Unión Soviética. Como revolucionario mejicano que era, trató de conquistar su respeto y, también según él, poco a poco, los hizo soldados, quitándoles el individualismo, a su juicio, pariente de un heroísmo inútil.
Aparentemente, le tomó cariño a Manolo, su asistente personal, un paisano de Benquerencia de la Serena que trató de marcharse a Méjico con él. El pensamiento del teniente coronel Siqueiros con respecto a sus subordinados anarquistas queda reflejado en este comentario, en el que vuelve a justificar el atentado contra Trotski, su auténtica obsesión:
Los anarquistas españoles, en su tremenda confusión teórica, representando el único remanente de importancia que había subsistido en el mundo, después de la derrota teórica del prudonismo por el marxismo, en el campo obrero, estaban dispuestos a impedir la victoria de los comunistas, aunque fuera a costa de la victoria del nazi fascismo. Y esa consideración de sus jefes los llevó a cometer el crimen más grande que se ha cometido contra la Revolución, proveniente del mismo campo de los trabajadores. Y las órdenes de aquella artera maniobra habían provenido de un cuartel general que tenía el trotskismo en un barrio de la Ciudad de México que se llamaba Coyoacán, el cual estaba protegido por fuerzas de la policía mexicana. Las cartas, los telegramas que nos llegaban al respecto eran incontenibles. No hubo una ocasión en que hablando conmigo, las vísperas de una operación en el proceso de la operación misma, no se volviera a hacer y ahora con mayor intensidad la misma pregunta: ¿la ayuda del gobierno de México, es sincera? ¿No es que Cárdenas ha querido ocultar con su envío insignificante de armas la ayuda anticomunista incrustada, para fatalidad de España, en el cuerpo mismo del ejército republicano español en lucha contra el nazi/fascismo internacional?
Sin embargo, los fracasos militares de las unidades del VII y VIII Cuerpos de Ejército obligaron a Burillo a reestructurar completamente los mandos de las unidades de combate en el frente de Extremadura. David Alfaro Siqueiros, como coronel, se hizo cargo del mando de la 29 División del VII Cuerpo de Ejército del EPR, que integraba a las 46, 109 y 210 Brigadas Mixtas, en total más de 16.000 hombres.
La reactivación del frente de Extremadura
No obstante, la actuación de la 29 División de David Alfaro Siqueiros fue desastrosa. El 23 de julio de 1938 las fuerzas nacionales se encontraban a las afueras de Don Benito dispuestas a tomar la población. Las unidades del Ejército Popular de la República en la zona quedaron copadas. Con esta acción se da por cerrada la bolsa republicana de La Serena. Las principales poblaciones de esta zona, Don Benito y Villanueva de la Serena, pasaron así a manos nacionales. La División de Siqueiros fue enviada como refuerzo al centro de la refriega, pero poco pudo hacer ante el empuje de los nacionales. Tuvieron que retirarse a sus posiciones de partida.
En la primera fase de la batalla, en junio de 1938, Siqueiros envió dos compañías de la 109 Brigada Mixta para auxiliar a la 91 Brigada Mixta de Juan B. Gómez, que defendía la orilla del río Zújar y, el 18 de junio, perdió el Puerto de Castuera.
En la segunda fase, en el mes de julio, Siqueiros envió a la totalidad de la 109 Brigada Mixta al epicentro de los combates, intentando impedir el paso del Guadiana por las fuerzas rebeldes. La lucha se inició en el sector de la Casa de la Rana y prosiguió en el Vértice Gorbea, sin lograr detener el avance nacional hasta llegar al río Gargáligas, aunque sólo transitoriamente, pues poco después, la 109 Brigada Mixta tuvo que retirarse hacia La Coronada. En esta operación la unidad sufrió relativamente pocas bajas en comparación con las demás brigadas participantes, pues sus efectivos después de los combates ascendían a 2.127 hombres, mientras que la 25 había quedado reducida a 630 hombres, la 12 de Asalto a 1.134, la 20 a 1.552, la 91 a 1.719 y la 148 a 2.063. Al continuar la ofensiva la 109 Brigada Mixta quedó atrapada en el fondo de la Bolsa de la Serena, siendo totalmente aniquilada.
Una vez realizado el embolsamiento de la Serena, en julio del 38, los nacionales se afanaron en consolidar y controlar el terreno. La Aviación Nacional bombardeó el frente produciendo el día 25 de julio graves daños y numerosas pérdidas humanas. Los nacionales siguieron avanzando hacia las sierras de Castuera, pero los republicanos se opusieron fuertemente con tropas ayudadas por tanques y Aviación, librándose entre ambos contendientes fuertes combates aéreos.
En Puente del Arzobispo los combates se desarrollaron del 19 de Julio al 3 de agosto. Los nacionales destrozaron completamente 2 batallones de la 46 Brigada Mixta, parte de la 109 y de la división 200 de guerrilleros de Extremadura. Las bajas fueron cuantiosas por parte republicana. Se acusó al coronel David Alfaro Siqueiros de incompetencia en el mando, pero no fue el único. El mando del Ejército de Extremadura lo detentaba el coronel de Infantería Ricardo Burillo Stholle, y el del VII Cuerpo de Ejército, Antonio Rubert de la Iglesia. Ambos estaban afiliados al Partido Comunista de España, que ejercía un control sobre el nombramiento de los mandos por la ayuda militar de la Unión Soviética al gobierno republicano. El desastre en este frente fue mayúsculo, y pudo ser mucho peor, a no ser por otro mando, el mayor de milicias Agustin Barrios del Castillo, que desobedeció a Rubert y evitó que cayera todo el Campo de Arañuelo también.
Por estas fechas, las tropas nacionales del general Queipo de Llano empezaron a acusar el cansancio acumulado. Aún así, el día 10 de agosto se ocupaban Casas de Don Pedro, las sierras de la Osa y del Calvario. El día 13, Cabeza del Buey, pero al llegar a Zarza Capilla se encontraron con que el Ejército de Extremadura republicano había recibido refuerzos del Ejército de Levante, logrando parar en última instancia la progresión nacional.
El día 16 de agosto desde Levante llegaron las Divisiones 71 y 28. Días después llegó la 52 al mando del diputado comunista por Badajoz Pedro Martínez Cartón. Empezaron a contraatacar ayudados también por la merma de las tropas nacionales, porque la 102 División nacional había sido enviada al frente del Ebro.
Mientras tanto, Queipo de Llano reclamaba envíos de tropas para contener a los republicanos y taponar la penetración en Zarza Capilla y Peñalsordo. Por el norte, el general Saliquet con los Regulares de Alhucemas y los Tercios de Requetés Navarra, Ntra. Sra. de Begoña y Ntra. Sra. de Montserrat atacaba las posiciones de la 29 División de David Alfaro Siqueiros en el este cacereño, consiguiendo romper el frente el 19 de agosto (sierra de Altamira). El 22 de agosto, la 46 Brigada Mixta sufrió graves pérdidas en el Puerto de San Vicente, quedando prácticamente deshecha. Los nacionales entraron en Alía el día 23 de agosto y ocuparon una amplia zona del Campo de Arañuelo toledano.
David Alfaro Siqueiros fue fulminantemente cesado junto a toda la cúpula del Ejército de Extremadura. Para colmo de males, durante la ofensiva, Siqueiros se encontraba una vez más “ausente”, pese a que él mismo había ordenado que se suprimieran los permisos a sus tropas. La jefatura de la 29 División pasó al mayor de Blas, anterior jefe de la 109 Brigada Mixta. Estos cambios surtieron efecto. El Ejército de Extremadura al mando ahora del coronel Adolfo Prada recuperó en su contraataque Castuera. El ataque se basó en una doble ofensiva a cargo de los Cuerpos de Ejército VII y VIII que contaron con el apoyo de la Aviación republicana. Comenzando el día 22 de agosto lograron derrotar a las tropas nacionales al mando del coronel Cañizares, que fue procesado por ello. El 24 de agosto se desmoronaba el frente nacional abandonando Zarza Capilla. El frente se estabilizó a partir del 28 de agosto, cuando los nacionales recibieron las tropas de apoyo solicitadas, quedando en el frente republicano un triángulo que comprendía Zarza Capilla, Herrera del Duque, Puebla de Alcocer y Castilblanco.
No obstante, todavía para el 15 de octubre de 1938 Siqueiros seguía oficialmente al mando de la 29 División, aunque se encontrara ausente. Los asesores militares soviéticos aún no habían autorizado al Ministerio de la Guerra republicano su relevo. Aunque se había dado la orden de evacuación de todos los extranjeros que combatían en España, su condición de agente del SIM y sus relaciones con la KGB en España, motivó que fuera necesaria la consulta a Moscú para autorizar su retirada.
La retirada del Coronelazo
Hay muchas formas de perder una guerra. Una de ellas es nombrar en los puestos de mando a individuos vestidos de payaso con escasa o nula formación militar, atendiendo sólo a su ideología, nacionalidad o fidelidad perruna al “baranda” de turno, mientras se margina, reprime o asesina a los militares profesionales nativos que hasta el momento desempeñaban eficientemente estos cargos. Este fue el caso del Ejército Popular de la República. Siqueiros no refiere nada en sus memorias de sus derrotas en el campo de batalla o de su incompetencia en el mando. Omite discretamente este apartado. Pasa directamente a la retirada.
Viene después la orden dolorosísima de que todos los extranjeros entreguen sus mandos militares. Ingenuamente el Gobierno Republicano Español, por obra de un compromiso internacional pretendía eliminar a los mandos técnicos alemanes en España, a los Cuerpos de Ejército italianos en su territorio, a las interminables Divisiones de moros, etcétera, a la ayuda positiva en armas, dinero, etcétera, del mundo capitalista, en general, licenciando a las Brigadas Internacionales e inclusive a los jefes y oficiales latinoamericanos que mandaban unidades españolas por razones mismas de idioma.
En contraposición al optimismo con el que llegó a España, el Coronelazo Siqueiros regresó a su país a finales de 1938 cuando la causa republicana se daba irremediablemente por perdida. Esta decepción le animó de nuevo a continuar la lucha mediante los pinceles que había abandonado en los últimos años de acción directa.
Yo voy ahora a pintar. Quiero pintar. Creo que tengo derecho a pintar después de 25 años de lucha por la Revolución. Volveré pues a pintar, pero ahora en vista a una producción metódica y quizás por todo lo que me reste de vida. Este propósito no significa el abandono de la militancia directa en nuestra multiforme batalla. Cambiaré solamente de arma. Vengo de dejar la Infantería y me voy a combatir en el terreno de la Poligrafía Funcional Revolucionaria. Tengo la cabeza llena de ideas, y ya estoy trabajando en mi nueva operación.
De esta época son las pinturas “El suspiro (El sollozo)” y “El eco del llanto”, una desgarradora alegoría de la pobreza compuesta por una enorme cabeza de niño de la que sale otra cabeza de niño con llanto desgarrado sobre un paisaje desolado, plagado de ruinas y destrucción. Es, probablemente, una de las pinturas de estética expresionista-figurativa más importantes del arte latinoamericano. Ambas se encuentran en las colecciones del MOMA de Nueva York.
Con el acuerdo que el gobierno republicano firmó para la salida de los soldados extranjeros, David Alfaro Siqueiros regresó a México al frente del puñado de compatriotas que habían luchado y sobrevivido en la Guerra Civil Española. De los 533 mejicanos que habían combatido en la guerra, sólo habían sobrevivido 52. El camino de vuelta no fue, precisamente, la retirada triunfal que ellos pensaron. Una vez en Méjico, los marginaron socialmente. Siqueiros consiguió de Lázaro Cárdenas, con el que había combatido en su juventud contra-revolucionaria, una indemnización de 500 pesos para cada ex combatiente. Y poco más…
La lamentable terminación de la guerra en España, nos puso a los mexicanos en contacto. Por orden de la superioridad, debimos concentrarnos en Barcelona para preparar nuestra salida del país. Los que nos hallábamos en la parte cortada del territorio español, es decir, más allá de Valencia, Teruel, etcétera, que es por donde se había producido la penetración franquista hasta el Mediterráneo, debimos atravesar el mar que se encontraba frente a las costas dominadas por el enemigo, en lanchones de gran rapidez e invariablemente bajo el fuego de las ametralladoras y la Artillería enemiga. O bien, bajo la implacable persecución de la Aviación. Después, vino la concentración de los supervivientes mexicanos de la guerra de España en París y mi nombramiento como jefe del grupo de mexicanos excombatientes.
Cincuenta y cuatro de nosotros tomamos el barco en El Havre, debimos detenemos en Southampton para que hicieran reparaciones al mismo, lo que nos permitió permanecer algunas semanas en Londres. Y después de una larga escala, hicimos escala en Halifax, ciudad del Canadá que había sido destruida por una explosión gigantesca durante la guerra anterior y la cual mostraba todavía en un 60 por ciento los efectos de tal catástrofe. Después Nueva York, donde nos esperaban grandes demostraciones en favor de los republicanos españoles, pero que no pudieron tener lugar, porque a los excombatientes mexicanos en España se nos prohibió el libre acceso a la gran ciudad. Algunos días de Tricornia y después, a solicitud del general Cárdenas, entonces Presidente de México, se nos prometió en un autobús perfectamente vigilado por agentes de la policía norteamericana del FBI, y así un largo recorrido por todo el territorio de los EE.UU, y en el cual acontecieron muchos incidentes.
El más notable de ellos fue cuando en una ciudad la población blanca casi nos lincha por grave delito de responder con sarcasmo de hecho a su indicación de que los blancos, entre nosotros, no deberíamos penetrar al mingitorio de los negros. Sucedió lo siguiente: al querer entrar todos al mingitorio que estuvo a nuestro alcance en el primer momento, los empleados pretendieron impedir la entrada de los mexicanos más prietitos, pues haciendo una especie de selección racial entre nosotros, nos indicaban quiénes debían ir al de los blancos y quiénes al de los negros. Entonces nosotros, en señal de protesta, dijimos: “Muy bien, pues entonces todos vamos al de los negros” lo que les pareció todavía más ofensivo. Primero fueron los asistentes del restaurante de la estación de autobuses quienes pretendieron obligarnos por la fuerza, a empujones, a que los güeritos penetráramos en un lado y los prietitos en otro, y como en esa batalla nosotros obtuvimos la victoria, nos metimos de rondón al de los negros y mientras estábamos ahí, una gran multitud de blancos indignados quería golpearnos y lo hubieran hecho si los policías que nos conducían no hubieran sido reforzados por casi una compañía de la población referida...
… Esta circunstancia nos reunió por primera vez a los pocos mexicanos que no habían dejado sus huesos en tierra española. La pregunta normal que nos hacíamos unos a otros era la siguiente: “¿Vamos a permitir que Trotski continúe en México, protegido por el Gobierno, y nada menos que por un gobierno presidido por el general Cárdenas y que tiene como su Secretario de Gobernación precisamente a don Ignacio García Téllez, esto es, gentes poseedoras de una ideología en ciertos aspectos, afín a la nuestra, a la de los que hemos luchado en España?” Y es ahí mismo donde surge el compromiso ineludible: nuestro juramento de honor se manifestó impotente: nosotros, los mexicanos, cueste lo que cueste, pondremos fin a la ignominia. Lo hacemos por el pueblo español, con cuya sangre hemos derramado la nuestra y por los intereses más vitales de México, que no puede detener la marca iniciada por la Revolución Mexicana.
El 23 de mayo de 1940, el comando del Coronelazo David Alfaro Siqueiros atentó contra la vida de Lev Davidovich Bronstein, Trotski, en su residencia del barrio de Coyoacán, en México D.F. Intervino decisivamente en su preparación y ejecución la Inteligencia Exterior Soviética (llámese GPU, NKVD ó KGB). Era la culminación de una idea que había tomado forma dos años y medio antes, a 9.020 kilómetros de distancia, en el Frente de Extremadura.
F.B.S.

